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  De Object petit o
Por Leticia El Halli Obeid

How do you convey the power, magic and mystery of names? The way they confer identity? How they function as compressed histories -- a set of codes that tell us where we come from, who we are, who we were, or sometimes even who we might want to be? The only way I could figure out how to do it was to fully examine one name very closely. My own.
Alan Berliner i

El cineasta norteamericano Alan Berliner realizó, en el año 2001, una película llamada El sonido más dulce (The sweetest sound, 16 mm, 60 min), que consiste en un documental sobre el proceso de búsqueda y contacto de todos sus homónimos en la tierra. Una vez hallados, les propone una reunión de Alanes Berliners. Como el resto de su obra, esta película indaga, a través de la autobiografía, en los finos límites que existen entre lo propio y lo ajeno, lo individual y lo colectivo. El autorretrato, esa forma del arte siempre sospechada de narcicismo, también puede ser visto como un intento de hablar de cuestiones en común, empezando por el sujeto más cercano.

Como Alan Berliner, yo quiero hablar de mi nombre. Mi nombre y mi apellido.

El primero no me supone ningún problema, ningún conflicto ni malestar: simplemente me gusta. Me gusta su sonoridad, su carácter de homenaje a  una figura familiar misteriosa, su significado en latín (alegría), y el hecho de que en Fragmentos de un discurso amoroso, de Barthes, aparece una definición de este tipo de emoción, en contraposición a Gaudium. Laetitia sería la alegría leve, sin causa, una pequeña celebración de la felicidad de existir, mientras Gaudium es el regocijo de poseer, una plenitud que depende de la conquista de alguna cosa, persona, o estado. Supongo que, desde que sé esto, me he dejado condicionar  un poco por la idea.

En términos más prácticos, mi nombre me resulta muy cómodo porque es lo suficientemente infrecuente como para que no se preste a confusiones. Nunca tuve tocayas entre mis  compañeras de colegio, ni de facultad, ni de trabajo. Además admite un recorte, un atajo muy obvio: Leti. De niña, la inclusión de la sílaba final me quedó grabada como el sonido de la reprimenda. Si en mi casa se oía el nombre completo,  seguramente estaba en problemas. Creo que esto es un caso muy común. Y si luego reaparecía el Leti o el Letu, entonces la tormenta había pasado. Mi abuela materna, a quien no conocí, se llamaba Leticia Rosa Henze. El segundo nombre, como suena, se transforma en un adjetivo. Una mujer rosa. Lo curioso es que un pariente suyo, mucho más joven, fue apodado Leti, en el pueblo. Entonces hubo una Leti Henze, ama de casa que murió muy joven, y ahora hay un Leti Henze, odontólogo, que ha tenido algunos problemitas con la justicia  a raíz de la tenencia de “estupefacientes”.

Pero qué hermosa brevedad, la concisión maciza de ese apellido. Puede que haya un pequeño trabajo extra, que obliga a deletrear para no omitir la hache ni reemplazar la z por una s o c, pero, en comparación con El Halli Obeid, Henze parece una chispa. Muchas veces hubiera preferido un sistema en el que se heredara el apellido materno.  De hecho me llevó un tiempo considerable aprender a escribir mi nombre entero, entre primer y segundo grado del primario. Y, cuando la maestra tomaba asistencia, me embargaba una profunda vergüenza por las complicaciones que suponía decir tantas palabras para nombrar a una sola persona.  Envidiaba mucho la simplicidad de los apellidos de mis compañeros de escuela: Chiesa, Moroni, Márquez, Lanfranco, Rosano. En cualquier situación, cuando el que tomaba asistencia en un curso llegaba a la E y se trababa, yo levantaba la mano automáticamente y decía presente para abreviar el trámite. Más tarde, una profesora en la escuela de artes escribía Leticia seguido de unos dibujitos como garabatos, para no tener que deletrear. A mí me parecía un gesto bizarro, gracioso y brutal a la vez. Consecuentemente me fui haciendo muy sensible a la ortografía de los nombres, a su escritura y su sonido: Vanzetti, Garavaglia, Milatich, Bevilacqua, Weismüller, Selak; los apellidos en Noetinger, el pueblo donde me crié, podrían formar parte de El Danubio, de Claudio Magris, trazando un recorrido por la Mitteleuropa germana, serbia, croata, húngara, y el Piamonte; pero a esta lista habría que agregarle apellidos hispánicos, franceses, sajones, indígenas, criollos, y unos poquísimos árabes  y marranos-por ejemplo: Trento, Venezia . Tabucchi dice en Sostiene Pereyra, que los apellidos italianos que son nombres de ciudad, así como los portugueses que son nombres de árboles, pertenecieron a familias judías que debieron convertirse al catolicismo, o al menos camuflarse, durante la Inquisición.

El primer trabajo de mi abuelo paterno como abogado, en el año 1945, fue el juicio de sucesión de una mujer de Aldea Protestante, una población entrerriana. La difunta se llamaba Anna Lizbeth Hellroth. Siendo que ella había nacido en el siglo XIX, en el seno de una de las tantas familias de “alemanes del Volga” que llegaron a Argentina, su acta de nacimiento era previa a la existencia del Registro Civil, y estaba asentada en la parroquia del pueblo. Él contaba que después de una búsqueda minuciosa, letra por letra (ya que con su apellido no figuraba donde debía estar, o sea en la H), la encontró finalmente por la fecha de nacimiento, bajo el curioso nombre de Ana Sispeta Queruelo. El reemplazo de Anna por Ana se entiende; Sispeta por Lizbeth se explica por una cuestión caligráfica (el alfabeto alemán se modernizó ya bien entrado el siglo XX), mutaciones de la L a la S, o quizás alguna β trasplantada. Ahora bien, cómo Queruelo derivó de Hellroth, no se puede entender más que como un caso impresionante de transcripción fonética extremadamente creativa.  En una visita reciente a mi abuela, revisamos la guía telefónica actual de la provincia de Entre Ríos y no encontramos ningún rastro de Hellroth, Queruelo, o Keruelo; pero sí, curiosamente, hallamos a unos Herbel, en Aldea protestante, y a una Irma Querbel, en Nogoyá, con lo cual pensamos que quizás mi abuelo –que ya no está a mano para discutir esto- había reemplazado, en la repetición de la anécdota, a Hellroth, por Herbel, o Kerbel, que es más parecido a Queruelo, fonéticamente.

Una sorpresa parecida tuve hace unos años cuando, visitando a mi familia con un amigo alemán, le hice escuchar la versión de la cumbia “Cachete, pechito y ombligo” (o Der Nabel mit dem Nabel) reinventada por una orquesta de Strobel, otro pueblo de la zona; él me dijo que la letra estaba cantada en un dialecto alemán muy viejo, probablemente del siglo XVIII, lo cual coincide con la fecha en que muchos alemanes emigraron a Rusia por invitación de la emperatriz Catalina la Grande y que desde el siglo XIX empezaron a migrar nuevamente, por otras coyunturas políticas. Hace alrededor de una década el último grupo decidió volver -digamos volver, qué se yo- a Alemania, donde parece que la relación con la población local no es muy armoniosa. Quizás uno de los problemas, pienso ahora, sea el idioma.

Cada sustantivo propio es una geografía y merece que se le preste atención cuidadosa para que ninguna letra sea silenciada o ubicada en un lugar incorrecto. Al igual que Anna Sispeta Queruelo, no siempre estoy en la letra correcta. A veces me toca la E, otras veces la H, y otras la O, como si El Halli fuera una especie de segundo nombre, o un ornamento de la palabra principal. Casualmente lo es, como pude comprobar hace un tiempo en un viaje al Líbano. Unos parientes muy lejanos me explicaron que la latinización del nombre se hizo durante el protectorado francés (o sea que no se le puede echar la culpa a los empleados del Hotel de los Inmigrantes), y la ortografía es entonces incorrecta para otros idiomas y por eso, en general, ahora se escribiría El Hajj Obeid. El Hajj significa El peregrino, y las dos partículas solían agregarse al nombre propio de alguien que había hecho el viaje a la Meca. Obeid es un apellido muy común en el mundo árabe, pero con estas dos palabras previas estaría señalando la peregrinación hecha por algún antepasado, sacrificio que bendice también a los descendientes. Les pregunté por qué una familia de cristianos ortodoxos tenía entonces un apellido musulmán.  De hecho, durante la guerra civil libanesa que enfrentó a cristianos y musulmanes entre 1975 y 1990, se limitaron a llamarse Obeid, para no ser señalados por ninguno de los dos bandos.  En cuanto al origen, me contaron una historia bastante inverosímil, que involucraba a algún antepasado nuestro  y  a un turco  ­-llegado de Trípoli a este pueblito en la montaña llamado Amioun, en el esplendor del Imperio Otomano- y, que en una especie de desafío levantando una piedra muy enorme, legó su nombre al oponente, de apellido Aissa. Pucha, pensé, Aissa o Isa (por Isaías), también hubiera sido mejor negocio. De más está decir que en mi familia, exceptuando a una tía abuela nonagenaria, nadie sabe pronunciarlo en árabe. Harto de estas complicaciones, el hermano de mi abuelo decidió acortar el apellido a Obeid, y entonces tuvo que atravesar una larga cadena de trámites y rehacer toda la documentación legal, tanto suya como de su esposa e hijos. Con esto, mis primos tienen ahora, por apellido, el nombre de una cultura que existió hace 5000 años en una zona de Sudán, donde todavía existe una ciudad llamada El Obeid. Como si dijéramos Córdoba.

He llegado a darme cuenta de que para mí, mi nombre de pila corresponde a mi rostro; el apellido en cambio es el cuerpo: El por la cabeza, Halli por el torso, Obeid por los miembros. Esta interpretación casi automática me dio la pauta del mucho platonismo barato que aún tengo que desalojar de mi mente ya que así dispuesto el nombre sería como uno de esos retratos de Ingres, en los que la cara es lo más nítido, y el cuerpo se va desvaneciendo, un recurso muy propio del dibujo romántico. Mis compañeros de la facultad encontraron una síntesis muy bonita y me llamaban, a secas, Elali, palabraun poco andrógina quizás, pero con la dulzura de los diminutivos.

Pero también le atribuyo a esas incomodidades que mi apellido me causa cotidianamente, el origen de mi fascinación por la traducción como tarea imposible, siempre incompleta, siempre cambiante. La traducción, en su versión más ortodoxa, parte de la creencia en que hay contenidos absolutos, palabras que pueden ser convertidas de un sistema al otro, como si fuesen números que siempre mantienen su identidad inamovible. En cambio, en la traducción como la practicamos cotidianamente, hay un juego entre palabras, imágenes, sonidos, sistemas, donde la pérdida que se ocasiona en una sutil fisura del sentido abre una brecha para que crezcan otras cosas. La asociación entre elementos no del todo parecidos ni distintos, nos enseña que hay razonamientos que se escapan tanto a la linealidad como a la circularidad, analogías donde la novedad aparece en ramas que brotan solas, siguiendo patrones imprevistos para hibridarse, volviéndose así un terreno que se fertiliza por la mezcla y no por la purificación. La historia de los nombres propios es una historia de escondites, luchas por la supervivencia, diluciones y mezclas, batallas perdidas y ganadas, modificaciones, adaptaciones y también desapariciones. Como si fueran rodajas que muestran, en el corte longitudinal, un estado de cosas, una historia, y un posible futuro.

Esto que el lenguaje sabe y despliega, a la ciencia le ha llevado mucho más tiempo incorporar. Hoy se puede convenir, sin mucha discusión, en que el concepto mismo de raza es insostenible –y no sólo por las atrocidades cometidas en nombre de esa palabra, sino también porque los mapeos del ADN humano ya lo han comprobado; aunque también podría pensarse que a causa de aquellas atrocidades la ciencia tuvo que cambiar su punto de vista al respecto- y quizás esta sea la única posición ética interesante en relación a la identidad: mezcla, movilidad, cambio y continuidad, todo junto y en convivencia, es eso que somos.  O, como dice Magris, “el origen, inalcanzable y siempre inseguro, significa poco. (...)Todas las genealogías se remontan al big bang.”


"Este texto se relaciona con otras formas del autorretrato que vengo explorando en mi laburo visual porque es un género en el que veo siempre la posibilidad de jugar en el limite entre lo muy particular y lo muy general, lo propio y lo ajeno, las barreras que se disuelven y deforman entre un yo escurridizo y todo lo demas. Me interesa atacar la idea de que la identidad es una cosa cerrada y fija".

"Me siento incluida en una tradición artística que ve literatura en todo. Creo que ese es un rasgo muy argentino, si se quiere. Mi 'obra' tiene mucho que ver con el amor por la narración, el relato, las palabras, las historias; y a la vez me interesan los problemas vinculados a la percepción, a la traducción entre palabras, imágenes, sonidos, sensaciones táctiles".

"Pueden variar. A veces me gusta recibir el motivo en el pedido de otro; y casi siempre lo que me pone a trabajar es el deseo de investigar algo que no conozco".


i “¿Cómo transmitir el poder, la magia y el misterio de los nombre? ¿La manera en que confieren identidad? ¿El modo en que funcionan como historias comprimidas –un conjunto de códigos que nos dicen de dónde venimos, quiénes somos, o a veces quiénes quisiéramos ser? La única forma que se me ocurrió fue examinar muy a fondo un nombre. El mío.” ii
http://www.alanberliner.com/flm_01.html

ii Claudio Magris: El Danubio, Barcelona, Anagrama, 2004 (or. 1986).

 
  Leticia El Halli Obeid 
Córdoba, 1975. Estudió pintura en la Escuela de Artes de Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Fue becaria de la Fundación Antorchas entre los años 2003 y 2005 para especializarse en video. Su trabajo ha sido exhibido en muestras y proyecciones audiovisuales de la Argentina y el exterior. En 2010 recibio el Primer premio en el concurso Nuevos naradores del Centro Cultural Rojas. Vive y trabaja en Buenos Aires.
Revista Diccionario Nº 9

  Imagen: Tapa de Diccionario Revista de Letras
Periódo: Publicación Trimestral | Año: 3 - N'º9
Origen: Córdoba, Argentina. Diciembre 2010
Registro: Propiedad Intelectual N'º 607116
ISSN: 1851 - 2534

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En este número 9, participan: León Ferrari, Elvio Gandolfo, Juan Rey, Fabio Egea, Diego Golombek, Sarah Thornton, Cecilia Rosso, María Calviño, Aníbal Buede, Belén Ríos, Tatiana Cagnolo, Leticia El Halli Obeid, Paula Oyarzábal, Cecilia Mandrile, Carla Barbero, Colum McCann, Jorge Londero, Alejandro Cossa, Jorge González, Jorge Villegas, Audrey Niffenegger, Nelson Gustavo Specchia, Tamara Villoslada, Demián Orosz, Celina López Seco, Celina Alberto, Emanuel Rodríguez y Verónica Meloni.
 
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