Revista Diccionario
de Que reine la paz en tu día / Por Demian Orosz   de Que reine la paz en tu día
Por Demian Orosz

Mi hermana se adelantaba y soplaba las velitas. Era una de sus travesuras preferidas en cuanto cumpleaños hubiera, pero en mis fiestas lo hacía con una saña particular, llevando a la perfección
una teatralidad displicente cuyos efectos, sin embargo, resultaban letales. O al menos así me lo figuraba de niña. Un mal sueño. Todo el mundo fingía protestar con gritos que en verdad celebraban esa mínima pero eficaz bravuconada de barrer la llama con un silbido inaudible. A veces la perdía de vista, me resultaba imposible detectarla entre la multitud de niños que se empujaban en un semicírculo alrededor de la torta, aunque esa promesa de invisibilidad era burlada por su imprevista aparición desde algún extremo y la casi simultánea ráfaga que cortaba el baile de la llamita y dejaba doblado el pabilo. A esa amenaza latente prefería su presencia neta, poder medir su expresión de demonio de los vientos y los músculos de ese rostro que parecía diseñado para soltar una cantidad de aire exactamente ajustada al objetivo: extinguir las velitas y
empujar un resto de humo hasta mi cara, de modo que una fragancia a cera quemada no del todo desagradable quedara flotando en las puertas de mi nariz.
Por esa razón mis cumpleaños nunca fueron un tipo de celebración que esperara con deleite o particular ansiedad. Eran más bien momentos que necesitaba atravesar apostando a la reducción
de daños, lo más rápido posible. Ni siquiera los regalos que comenzaban a llegar unos días antes y seguían juntándose sobre mi cama unos días después de la fecha alcanzaban para compensar el pequeño rito de humillación que me aguardaba a la hora de la torta.
La peor etapa de esa pesadilla en capítulos anuales llegó cuando mi hermana comenzó a fumar. Nadie parecía advertirlo, no obstante para mí fue evidente el modo en que su disparo de aire llegó cargado de algo hasta entonces desconocido. Mamá y papá no fumaban, tampoco permitían que ningún adulto fumara delante de los niños. El contacto más cercano que tenía con el tabaco era el olor que se desprendía de la piel fabulosamente lisa de mi tío Eugenio, que yo descifraba como una mezcla de colonia para después de afeitarse con humo de alguna madera perfumada, algo
bastante dulzón y quizá un poco relajante, pero que asociaba inmediatamente con la suavidad de sus mejillas y me invitaba a besarlo. El soplido de mi hermana era distinto. Llamarle fragancia implicaría concederle un punto de amabilidad en desmedro de la ligera pero persistente fetidez que se imponía. Tampoco lo llamaría nauseabundo, lo llamaría levemente fúnebre, como leí mucho tiempo después en un cuento cuyo autor no recuerdo, aunque el mareo que me producía sí era una especie de náusea, incrementada seguramente por la rabia con que esperaba el ataque a mis indefensas velitas.
En mis sueños más inconfesables mi hermana aparecía con la cara quemada, mientras yo scondía con manos distraídas una botella de kerosén o de cualquier otro líquido inflamable. De tanto en tanto veía en las esquinas del centro a esos malabaristas que esperaban el semáforo en rojo, aludaban a los automovilistas, sonreían, se acercaban a sus bocas una antorcha y luego escupían un chorro de fuego. En la escena con mi hermana era al revés, una especie de fantasía inversa, ya que la que recibía la llamarada en pleno rostro era ella, en cumplimiento de una reparadora venganza del dios del fuego por tantas llamitas aniquiladas.
Nunca pasé de imaginar los alaridos de mis padres y las corridas al hospital para que mi traviesa y desfigurada hermana recibiera su merecida atención de urgencia, y una posterior y no del todo satisfactoria cirugía reconstitutiva. Lo que hice en cambio fue buscar las etiquetas para averiguar qué clase de inmundicias componían el aire viciado que quedaba flotando en los cumpleaños después de sus atentados de rancio perfume. Mi decepción fue enorme el día en que corrí a esconderme después de robar el paquete de cigarrillos de su mochila. ¿Qué tipo de veneno era King Zize? ¿Por qué les decían rubios a esos maléficos cuidacilindros? Cuando pude entender qué diablos eran una toxina, el dióxido de carbono, el alquitrán que se concentra sobre todo en los últimos segundos de vida del cigarrillo, como si se escondiera para salir con toda su fuerza cuando la distancia entre la brasa y la colilla esmínima, la nicotina, los oxidantes y otros cuatro mil o cinco mil irritantes en gran parte desconocidos o indeterminados en cuanto a si provienen de la planta o si se forman y transforman en el proceso de la ombustión, ya era tarde para darle una explicación científica a la ofensa de la que era víctima. Y también para reprochárselo a mi hermana. Lo que hice ese día fue estrujar la etiqueta hasta que el celofán, la estampilla que lacra el paquete, los filtros y las hebras de tabaco se convirtieron en un revoltijo pegajoso, y me ocupé de que todo desapareciera en el fondo del tacho de basura.
No era lo suficientemente valiente como para llamar a mamá y contarle lo que había encontrado en la mochila de mi hermana. Ni siquiera me animaba a sembrar pruebas que la delataran, por ejemplo dejar caer un cigarrillo en algún lugar donde estuviera segura de que lo vieran, o bien preguntar en medio de la cena qué era ese olor como a pasto quemado que salía de la pieza donde se refugiaba la responsable de mis penurias. A lo único que me atrevía era a imaginar un suplicio verbal, alguna combinación mágica de palabras que le produjera incomodidad, no, más bien miedo, ¿por qué no miedo? sin duda debía ser algo mucho peor que tiene novio, tiene novio, más ofensivo que deforme y más grave incluso que te están saliendo las tetas, soltado como cantito y imulando que me agarraba unos pechos inexistentes. Pero alcanzaba a darme cuenta de que estaba muy lejos de toda posibilidad de atemorizarla. Cualquiera de esas frases tendría a lo sumo el efecto de una provocación menor, quizá un enojo leve retrucado con alguna burla mucho más potente que mi ataque, en todo caso no era nada que mi hermana no pudiera sortear con un portazo o payaseando indiferencia. Necesitaba algo que le hiciera sentir un peligro.
La venganza surgió de improviso, sin que pudiera adjudicarmela elaboración de un plan. Seguramente lo había visto en alguna película, levantada hasta tarde sin permiso. Estábamos en el
jardín y acabábamos de sentarnos para almorzar. Ni siquiera me fijé si alguien estaba mirando. Junté el índice y el pulgar y empecé a pellizcar el aire, como si intentara cazar moscas en vuelo, haciendo que la mano danzara, acercándola y alejándola de mi cara, e hice terminar el movimiento, después de un firulete que me pareció estupendo, a milímetros de mi boca. La mímica de hacer una seca y entrecerrar los ojos para sobreactuar la sensación de placer mientras soltaba el humo no fue advertida por nadie salvo por mi hermana. Mamá y papá no habían visto ni el principio ni el final de mi ajuste de cuentas, conversaban con poco entusiasmo pero lo suficientemente concentrados sobre un lugar cerca de Mar del Plata que tenía las ventajas de ser más económico y menos concurrido. Mi hermana, en cambio, se había quedado paralizada, quizá porque lo posible había ingresado en el campo magnético de lo probable, como si hubiera operado una especie de honestidad de lo real, una prepotencia del cuerpo, elemental y palpable. Su reacción fue de pasmo. Produjo el sonido de un susurro ahuecado. No, fue como una succión, como si hubiera absorbido de golpe una corriente de aire equivalente a la cantidad de soplidos que había lanzado durante años sobre mis velas. Qué triunfo. Por fin había obtenido un momento de gloria y evancha,
incluso si debía durar apenas unos segundos. En caso de que alguien escriba una historia de la esperanza infantil, debería incluir este instante de alegría expectante, en el que sentí que mi triste vida de cumpleaños arruinados y lucecitas asfixiadas había terminado.
El tiempo que faltaba para un nuevo cumpleaños barrió mi triunfo con la indolencia de una brisa de verano que se mezcla entre los yuyos. Yo pensaba que se había abierto una instancia de negociación, una zona de intercambio en condiciones de relativa igualdad, con poderes disuasorios de un lado y del otro, de modo que todo ataque por parte de ella debiera ser cuidadosamente meditado o que, al menos, en caso de producirse la agresión estuviera en condiciones de devolver el golpe. Pero no me atreví a ejecutar otra vez mi pase de manos, ni intenté delatar de ningún otro modo el hecho de que ella fumara. Cuando el calendario volvió a marcar el 21 de enero, mi hermana se presentó puntual a la batalla. Nunca dejó de hacerlo –soplar mis velas–, y cuando nos hicimos mayores y pudimos compartir alguna que otra fiesta yo le cedía con caballerosidad el honor de soplar primera, como una contraseña a través de la cual le reconocía que se lo había ganado, que me había vencido a base de perseverancia. Y también para dejarle en claro que ya no me importaba y que, en el fondo, no le atribuía a su inteligencia
sino a su tozudez tan definitiva victoria.

Fuera de esos duelos infantiles, que arrastraban hacia otras de zonas de nuestra relación un dominio de baja intensidad, siempre estuvimos bastante unidas por eso que vagamente se denomina fraternidad. Mi hermana ejercía un liderazgo desganado, se imponía casi sin hacer fuerza, o como una fuerza que actúa sin haberlo decidido. Ya de grande me lo explicaría a mí misma diciendo que no se le piden explicaciones a una tormenta, ni al viento. A menudo mi actitud era más de resignación que de obediencia, aunque en ocasiones planeaba rebeliones y creía oponerme con gestos que nadie llegaba a ver.
Después de que papá murió, rara vez volví a ver a mi hermana como una oponente. Mamá se fue hundiendo en un dolor hosco, haciendo todo lo posible para que advirtiéramos su esfuerzo y su martirio, y se alejó del mundo habitual de las emociones maternales y los cuidados añadidos hasta quedar sepultada en un pozo de amargura y maldiciones. Diría que se perdió en un desierto de desamor no, es incorrecto, lo diría si decirlo así no diera la idea de peregrinación, de viaje, en el que una madre –supongamos que una ley natural se fuera doblando de a poco– se convirtiera paulatinamente en otra cosa, primero cambiaría su corazón, luego su cara, después de un tiempo también sus manos y los poderes que tienen las manos de las madres, finalmente cambiarían sus palabras y un día –supongamos que la ley se hubiera torcido tanto como para juntar al cielo con el infierno– se encontraría a años luz de lo que fue y de lo que quiso ser, su corazón se habría enfriado, su cara se habría endurecido, sus manos buscarían sin encontrar nada en las ruinas de su propio cariño, y sus palabras se habrían perdido y ya no darían con el camino para volver a decir mis niñas, chiquitas, cuidado. No, el derrumbe de mamá fue tan repentino como un rayo. Un bloque negro de aflicción que hizo colapsar cualquier idea de familia y nos arrastró en un vertiginoso final de la infancia.
Cuando tuve edad de acompañarla, comencé a salir con Victoria a bares e incluso a lugares para bailar. En ocasiones no eran del todo adecuados y más de una vez tuvimos que irnos a sitios donde no se vendiera alcohol y el humo fuera menos denso. Mi hermanita, me presentaba a sus nuevos amigos u ocasionales novios, y aunque la fórmula elegida parecía un vago menosprecio y podía dar a entender que la noche se presentaba con una carga extra, nunca me perdía de vista ni dejaba que sus compañías me molestaran.
Yo sentía un interés especial por Mauricio, un chico bastante alto, de brazos más largos que lo normal, cabeza de pájaro y ojos hundidos en la cara como si alguien le hubiera aplicado dos avellanas de plástico después de embalsamarlo. Parpadeaba demasiado, dando la impresión de que sus ojos le molestaran, y los manotazos que pegaba en el aire cuando hablaba le hubieran
hecho creer a cualquiera que debía soportar en su cara remolinos que nadie más percibía. Podía alucinar que Victoria se encarnizaba soplando sobre sus ojos del mismo modo en que lo hacía sobre mis velitas. Mauricio completaba el cuadro con unas musculosas que no lo favorecían, sin duda que no, pero él se las con cualquier temperatura, aun cuando parecían diseñadas adrede para mostrar sus partes defectuosas. En conjunto, semejaba un pichón gigante que hubiera cometido la imprudencia de romper el huevo antes de completar su formación, y uno se asombraba de no escuchar un traqueteo de huesitos mal acoplados o un aleteo cuando lo veía moverse. Pese a su altura y la diferencia de edad, pese a su aspecto, a mí me producía una incierta ternura, diría incluso que Mauricio me despertó los primeros impulsos maternales. Pensaba que yo podía acariciarlo como a un hijo y meterlo bajo mi ala cuando hiciera frío. En el otro extremo de esa emoción parecía ubicarse Victoria. De natural tímido y conversación divagante, mirada de marioneta loca e inteligencia bien disimulada, lo describía mi hermana, sin que yo pudiera llegar a entender si a esa combinación de rechazo e indiferencia se le podía agregar algún porcentaje de atracción.
Victoria dominaba sucesivas capas de ironía que podía activar o desactivar según la necesidad. Y también podía ser hiriente. Una noche en que Mauricio nos acompañó hasta casa, después
de una caminata que había empezado al término de una discusión en un bar y cuyo trayecto realizamos en completo silencio, apenas cerramos la puerta Victoria soltó: No sé quién me manda a criar avestruces.

Yo intenté fumar sin suerte, me quedé fuera de la extravagante y tentadora cofradía del humo, y por eso me perdí los placeres tutelados por el cigarrillo. ¿Cómo era fumar después de comer, el cigarrillo con el café, con el alcohol, con el sexo? Mi hermana fue mi guía –aunque sus indicaciones sólo me servían para perderme– en un terreno que apenas alcanzaba a intuir.
Victoria podía explicarme todo el espectro de asociaciones entre el cilindro y los genitales masculinos, los retruécanos en que podía usarse el verbo “fumar”. A mí me divertía y despertaba
curiosidad, pero tenía que hacer un gran esfuerzo para encontrar algún término medio, en líneas generales cualquier término que me sirviera para captar lo que percibía como abstracciones
de un grado de sofisticación inalcanzable y groserías que hablaban de un tipo de lujuria desconocida. Con sus musculosas Mauricio parecía estar siempre medio desvestido, preparado para algo cuyo nombre conocía, sí, era el Sexo, pero si pronunciaba la palabra no podía vincularla con exactitud a nada carnal, a lo que pasaba por debajo de la cintura, ni a los movimientos requeridos para llegar a eso. ¿Era un estado? ¿Algo que los chicos te hacían? ¿Se podía hacer con la musculosa puesta o acaso esa era la señal de Mauricio para indicar que ya había comenzado?
Carlos, el hijo del dueño de la ferretería, competía con Mauricio para ver quién tomaba más cerveza de una sola vez o quién podía guardar la colilla prendida dentro de la boca sin quemarse,
sacándola luego con la punta de la lengua y seguir fumando como si nada. Los brazos de Carlos eran de tamaño normal pero estaban cubiertos de un vello enrulado muy tupido, como si el cabello que había empezado a perder desde adolescente hubiera encontrado allí su lugar. Yo no comprendía si la agitación y el asco que a veces me producían los brazos de Carlos tenían que ver con el sexo, pero sí sabía que Victoria a veces lo prefería en lugar de Mauricio y se animaba a tocar sus marañas.
Victoria quedó embarazada a los 23 años y se casó con Mauricio cuatro o cinco meses antes de que naciera Adela, una niña de cara redonda y pirinchos indomables como los de una urraca, que todos coincidían en encontrar más parecida a mí que a mi hermana. En los primeros cumpleaños de Adela, quizá porque su expresión le hacía recordar a la mía, Victoria repetía la ceremonia de soplar las velitas antes de que la pequeña pudiera siquiera inflar los cachetes.
–No me puedo parecer a una madre –me dijo una vez Victoria.

Quizá es cierto: con la vejez o con los años, como dicen algunos, surge la predisposición a querer vivir con una intensidad ceremonial incluso, o sobre todo, las cosas más prosaicas y ordinarias. Quizá era un alarde no premeditado de juventud la capacidad de Victoria para atraer hacia la tierra y neutralizar cualquier momento que se insinuara como perdurable. La idea de momento adquiría
junto a ella una fugacidad rampante, cuyo posible significado era neutralizado en el acto por una fuerza disolvente. No era que viviera a una velocidad tonta, sin registrar nada de lo que sucedía, ni que se ufanara de tener calle y de que nada la sorprendiera. Más bien se encontraba siempre como adelante o un poco fuera de lo que vivía. Un momento parecía resultar para ella algo cuya realidad había sido menguada. Si tuviera que compararlo con la travesura de soplar primera, diría que a Victoria no le importaba apagar las velas, ni verme doblegada, sino algo –iba a decir
un momento– que se manifestaba entre medio de las cosas que podemos nombrar. Algo como el aire mismo. Pero en verdad no sé cómo decirlo, y no creo que ella se lo haya preguntado ni
pensado jamás en ello. En cambio sé que para mí era distinto. Diría más, opuesto. Yo tendía a disciplinar los momentos en secuencias temáticas o de impacto. Utilizaba de modo imprudente
la palabra “shock” y les atribuía el carácter de alucinante a sucesos tan dispares –ella los hubiera percibido unidos por sus respectivas intrascendencias– como una excursión a las barrancas del río con los amigos de Victoria o una tarde en el cine. Tengo la sensación de que mi hermana daba por hecho que yo ironizaba cuando hablaba con entusiasmo de alguna tontería del día que a ella sin duda le hubiera resultado ridícula. Era inmune, ni siquiera la rozaba esa membrana de vértigo
y misterio que se nos adhería como una segunda piel a los niños y niñas que éramos cuando rondábamos, nos aproximábamos temerosos y finalmente nos atrevíamos a corretear por la galería de la casa abandonada que había a una cuadra de la nuestra un masacote de tejas levantadas y postigos torcidos, a la cual teníamos prohibido entrar bajo la amenaza de penitencias eternas. Si lo pienso bien, puede haber sido en esa galería, en uno u otro de sus extremos, donde vi por primera vez que una serpentina de humo azul y sedoso salía de la boca de Victoria. No
recuerdo que tuviera un cigarrillo en ninguna de sus manos, quizá hizo una mueca que consistía
en morderse la lengua y dejarla colgando hacia un costado, y luego la vi girar y quedar de frente a dos niños que primero se reían y después trataban de decir algo con un balbuceo de pánico.
–Una vez se lo vi a papá –me contó una noche Victoria. –No sé cómo… –se interrumpió de
golpe, fingiendo que algo la había distraído al fondo del jardín, me dio la espalda mientras seguía preparando la cena y al cabo de unos segundos se fue hacia las habitaciones para atender los reclamos que mamá profería desde su cama. El pedido había llegado hasta la cocina en la forma de un débil pero inconfundible quejido, mezclado con las voces del televisor. Eran más de las 10. Alguien llamó a la puerta con tres golpes secos. Esperé un instante, los golpes se repitieron y cuando abrí me encontré con un vendedor ambulante. Normalmente la que hubiera abierto la puerta a esa hora era Victoria.
El vendedor tenía un enorme bolso lleno de medias, y las ofrecía en paquetes de tres pares que se envolvían entre sí, atados con gomitas. Después de saludar, mientras revolvía en el bolso,
dijo feliz año nuevo y que se cumplan todos los deseos de esta casa. Luego siguió hablando solo. Contó que el hombre a quien le compraba las medias tenía sobre su mostrador una hoja pegada con cinta en la que se leían los siguientes consejos para el año que comenzaba: No tengo hambre, ni frío ni sueño hasta alcanzar mi objetivo, Si dudas de tus poderes, le das poder a tus dudas y No te juntes con fracasados. “Fracasados” entre comillas, obvio, agregó enredando sus palabras en una risa nerviosa. No entendí de dónde venía lo que me decía ni adónde quería llegar. Le contesté que no había personas mayores en casa, y me adelanté a su previsible propuesta de pasar otro día diciéndole que mi papá había muerto hacía poco. Andá, nena, me respondió, y se dio la vuelta para irse. Pero de golpe giró y me miró las piernas de abajo hacia arriba, se detuvo en mi cintura, y de inmediato en mi ombligo, y quizá también en la musculosa y mis shorts cortísimos. Se me vino a la cabeza Mauricio, el sexo, los brazos con pelos. Supe de repente –o creí que comprendía– que toda mi vida podía haber estado bajo una amenaza, que había cosas y movimientos que podían causar daño, que esa amenaza podía venir desde los lugares o los seres menos pensados y que frente a ese peligro Victoria había funcionado como una suerte de manto protector. Un escudo hecho de gestos, de palabras, seguramente también de silencios que a mí me habían resultado tan invisibles como el aire. Y me imaginé que soplar mis velitas tal vez podía haber sido solamente una forma de cobrarse el trabajo que hacía para mantenerme a salvo.

Victoria se fue a vivir a Canadá cuando Adela tenía tres años, después de separarse de Mauricio. Eso significó que también nosotras nos separáramos, aunque es difícil precisar qué sentido
tiene expresarlo de ese modo.
Mi hermana había hecho una carrera corta de auxiliar de medicina, y además la terminó en menos tiempo que lo habitual. Podía imaginarla recibiendo a sus clientes con amabilidad más bien templada –en una de sus cartas se refería al hecho de que sus clientes fueran indefectiblemente enfermos o potenciales enfermos, y se preguntaba hasta cuándo les tendría paciencia a sus pacientes–, y ejecutar sus tareas de bioquímica con profesionalidad más bien fría –elegir los tubos esterilizados y el calibre de las agujas, hacer las extracciones o pinchar dedos y guardar las muestras en heladeritas comunes disfrazadas con cruces rojas pintadas en las puertas para simular que estaban especialmente diseñadas para conservar fluidos humanos–. ¿Habrá hablado con los chicos para distraerlos del repentino dolor, les preguntaba cuántos años tenían, cómo les iba en el colegio o qué árboles conocían de los bosques que rodeaban sus casas? Me pregunto qué pensarían esas personas de la sonrisa de Victoria.Mi hermana solía hacer chistes pero no concedía fácilmente una sonrisa, y cuando lo hacía no se trataba exactamente de una sonrisa. Era más bien el signo de una impaciencia, un gesto fuera del catálogo de la felicidad (creo que leí esto en algún lado), que comenzaba y terminaba en un estiramiento muy moderado de las comisuras, el labio superior se tensaba hasta permitir apenas la insinuación de la línea blanca de sus dientes, como hacen algunos animales nerviosos, y quien sea que fuera el receptor de esas vibraciones musculares tendría poco margen para dudar que estaba frente a la traducción física de un mundo emocional al que había que aproximarse con cuidado.
Nunca llamó por teléfono. Prefirió comunicarse por cartas, tal vez porque ese medio le permitía hacerse la ilusión de que pudieran perderse. En la primera carta ponía:

Estoy a cuarenta kilómetros de Ontario. Hay granjas y granjeros que viven como deben haber vivido sus antepasados hace cien años o doscientos. El dinero que tienen, que a veces es mucho, lo gastan en ropa, camionetas, electrodomésticos y salud. Le saco sangre sobre todo a
niños y ancianos. Prevención, detección, cura. Una secuencia que tarde o temprano termina en un entierro. A veces también pongo vacunas, deberías ver las cartillas con casilleros y cruces que las madres traen y se llevan confiadas en la dosis de veneno que inyecté a sus hijos. El laboratorio funciona muy bien. El mío es el único en este condado, algo que aquí llaman county
.

Yo me casé sin estar embarazada, y me separé en el mismo estado de infertilidad. Pero falta mucho todavía para eso. Ah, el Sexo. Un día sí y muchos no, como en cualquier matrimonio.
Demoré más que otras chicas en aliviarme, en superar una difusa repugnancia que se asociaba –en mi mente al menos, y en las conexiones desconocidas entre mi mente y las puertas de mi
nariz– con olor a jugos y a carne. Después pude empezar a disfrutar de un modo que llamaría moderado la quemazón y los latidos entre las piernas, los manoseos y aplastamientos de las
tetas, y al final encontré un razonable y trabajoso placer en dejarme hacer de todo un poco.
Victoria me envió fotos de Adela, de los bosques canadienses y los anchos ríos azulados, baratijas fabricadas a mano por los indios de las reservas forestales y folletos en inglés con información sobre tratamientos para tener bebés. Nunca me pidió que fuera.
Un día llegó otra carta:

Adela va a la escuela en un ómnibus amarillo y negro como los que se ven en las películas. Me dice Victoria, a veces mam y muy rara vez mamá. Se sigue pareciendo a vos, diría que cada vez más. Ha comenzado a llamarle daddy a un muchacho que atropella palabras en español cuando quiere demostrar que me quiere y alardear de que el sexo no es lo único que le interesa.

Tengo cáncer.


Una tarde llevé a Adela a visitarla y la encontré leyendo. Yo no sabía que Victoria se hubiera interesado alguna vez en los libros, más allá de las publicaciones médicas, algún tomo de biología o los manuales de primeros auxilios. Se encontraba bastante alegre, quizá porque el dolor le estaba dando una tregua momentánea, probablemente también porque la enfermera la había dejado en paz durante algunas horas. Me indicó el párrafo que estaba leyendo:

Los futuros arqueólogos del espíritu verán quizá con displicencia y ternura nuestra rudimentaria exploración de los cielos, nuestros mapas de estrellas e inescrutable materia oscura, pero tal vez alguien pueda encontrar belleza en esa estela de espacio y tiempo vencida por los infinitos, o concederle una mirada y una sonrisa de aprobación a las elegancias de tantas derrotas. Nuestra astronomía volverá a ser astrología. Nuestra química volverá a ser magia.

El médico había dicho que le quedaban tres meses. Quizá cuatro. Mi hermana vivió casi un año. Soy una Victoria pírrica, me dijo una noche.
Debió permanecer al final con la mitad superior de su cuerpo metida en una suerte de carpa semi translúcida, que le generaba una atmósfera y una temperatura adecuadas a su deshilachado
aparato respiratorio. Los primeros días de los últimos días, cuando entrábamos a la habitación nos recibía con saludos del estilo Bienvenidos a la pecera de especies en peligro de extinción, no intente alimentar ni tocar a los animales, hasta que su conciencia se fue apagando y las capacidades del habla parpadearon hasta anularse. Antes de ser sumergida en su pecera volví a encontrarla con un libro en la mano, no sé de dónde los obtenía. Me señaló una página y me pidió que leyera. Leí:

Soñé con un sabio chino. Atardecía. Me preguntaba qué tipo de peces vivían en los arroyos serranos, y me entregaba una pintura sobre seda en la que se veía, en escorzo, una vieja del agua asomando sus bigotes en la superficie. Después me decía que, como la desaparición de los barcos en el horizonte y las puestas de sol, la muerte es ilusoria. Como la progresiva invisibilidad de la luz de una vela que alguien llevara cada vez más lejos del observador. Sólo dejamos de ver.

Cuando Victoria volvió de Canadá se instaló con Adela en la casa donde nos habíamos criado, que debimos desalquilar a los hijos de unos antiguos vecinos que preferían tenerlos cerca hasta que terminaran la universidad. Inscribió a Adela en un colegio bilingüe y comenzó a hacer planes de reforma en la cochera, de modo de poder montar un laboratorio pequeño y retomar su actividad de bioquímica. Al cabo de unas semanas, sin embargo, Victoria fue internada en una clínica cuya atención podíamos cubrir gracias a la obra social que mamá pagó para el grupo familiar hasta sus últimos días. Me enteré después que murió, cuando revisé los cajones de su cómoda y encontré su legado maternal en la forma de un talonario cuyos cupones habían sido cortados con prolijidad trimestral.
Mi hermana no emitía señales de estar muriéndose salvo la agitación que la atacaba cuando hablaba durante un período prolongado. Sabía que su organismo se iría pareciendo cada vez más a una estela, un vapor, una silueta irónica del verdadero cuerpo por donde todavía pudieran circular fluidos y que en otro tiempo fuera el sostén de huesos y nervios capaces de
contener un carácter como el de mi hermana. Pero hacía como si no lo supiera. Cuando Adela no podía escuchar, se preguntaba si moriría en un ahogo breve, como una de esas secas cortitas
pero bien hondas en las que se aguanta el humo dentro de los pulmones, y me decía que lo más adecuado sería cremarla. En ese caso, la urna debería ubicarse en un rincón poco accesible
de alguna alacena arrumbada en algún garage. Decía también que un amigo le había contado que en los crematorios se mezclan todos los restos que allí son incinerados y que nadie puede saber a ciencia cierta si las cenizas que te entregan son las de un ser querido. No sé si ese dato la apenaba o la alegraba.
Mi hermana cumplió los 30 en la clínica. Ese día mi tío Eugenio se las ingenió para ingresar con una torta a la habitación, donde Victoria recién se estaba despertando. Ya no llevaba bien el evidente deterioro, sin embargo se compuso, escupió una flema grisácea y logró articular un Buenos días. Es la compota de la noche, dijo sin sonreír. Adela la abrazó con fuerza y ella se dejó hacer. Estaba contenta. Empezamos a cantar el feliz cumpleaños, mi tío Eugenio le acercó la torta y todos supimos lo que se venía cuando me dijo: Soplá vos. Me incliné para hacerlo, esperando su intento de adelantarse, pero el esfuerzo requerido para erguirse fue demasiado y lo único que le salió
fue un hilito de aire que acarició las llamas sin apagarlas. Se rió con una especie de ronquido, y atrajo la mano de Adela para acercarla hacia sí y decirle algo al oído. Mi mamá dice que la
que va a soplar soy yo
, dijo la niña.
Ese día Victoria se despidió con un pedido: Decile a Adela que no se olvide de sacar las moscas de la heladera.

Son tan pocas las veces que la vi llorar que en total equivalen a ninguna. Uno de los últimos días (¡pero cómo distinguirlos, si todos los días eran los últimos días y todas las noches eran las últimas!) la fui a visitar muy temprano y la encontré despierta. Los ojos irritados la delataban, eran la señal de que acababa de secarse las lágrimas o bien de que había llorado hasta el amanecer
(es lo que yo supuse), pero fuera de eso nada indicaba que estuviera dispuesta a ceder un centímetro a la desesperación. Ni siquiera a esa mezcla de abandono e insumisión que,
como una última careta de dignidad, se impone en esos momentos –esos momentos, hubiera parodiado Victoria, las mismas palabras pero con su sonrisa de perro–. No, eso no era para mi hermana. Nada de caritas de fin del mundo. Fui yo la que se dobló en un llanto tembloroso, buscaba agarrar sus manos mientras Victoria levantaba las cejas y actuaba incredulidad y le restaba a la escena un dramatismo ya de por sí atenuado gracias a las mangueras y los fuelles y las pantallas, sin contar a la enfermera que se metió en la habitación y anunció, como si se tratara del final de una mala comedia, que el postre del día sería una compota de peras y ciruelas y no la insulsa y habitual sopita de manzanas hervidas. No tengo modo de saber si Victoria se quería morir, pero sé que Victoria se quería morir antes de parecerse a un moribundo.

El mejor verano que recuerdo fue un febrero tan lluvioso que nos obligó a pasar la mayor parte del tiempo dentro de la cabaña que habíamos alquilado en las sierras. Jugamos a todos los juegos de cartas –que yo entendía a medias y más que nada entorpecía–, cantamos todas las canciones, recitamos todos los refranes y probamos todas las variantes de chozas con almohadas, sábanas y frazadas, aunque lo recuerdo sobre todo porque en esas vacaciones aprendí que Victoria podía hacer milagros. Se había pasado una tarde entera junto a una ventana, sin prestarle atención a nada que no fuera su tarea de atrapar las moscas que patinaban en el vidrio. Cuando empezó a caer la noche nos pidió a papá, a mamá y a mí que nos sentáramos frente a ella, nos hizo un gesto de silencio y apagó todas las luces excepto un velador que había colgado de una viga. Yo me ubiqué al medio, esperando alguna zoncera de Victoria. Seguro que se venía una canción en falsete que nos sacudiera el aburrimiento de las últimas horas del día, una vertical, quizá algo
peor como una media luna que yo no podría imitar de ningún modo o cualquier otra gracia que la pusiera por encima mío en materia de astucia y destreza. Pero entonces vi, maravillada,
que mi hermana podía revivir a una mosca que previamente había acariciado varias veces con sus dedos para mostrar que estaba inerte. Muerta, luego viva. Victoria formaba un cuenco con sus manos, soplaba alternativamente dentro y fuera, luego sostenía a la mosca en una palma y tras un nuevo soplido la manchita negra salía volando hacia la única luz de la cabaña o volvía a patinar en el vidrio donde había sido cazada, algo que podíamos percibir gracias a sus zumbidos de felicidad contagiosa.
Las moscas fueron apareciendo una tras otra, y una tras otra eran resucitadas mediante el aire mágico con el que mi hermana hacía temblequear las alitas de los insectos y provocaba esa diminuta pero apabullante explosión de vida. Victoria me confirmaba
que efectivamente tenía poderes, fuerzas que se activaban en sus pulmones y terminaban de moldearse en su boca. Todavía puedo vernos, bajo una luz que teñía el aire del azul más cálido del espectro, la luz de un planeta donde sólo nosotras podíamos vivir. ¿Cuántos años faltaban para la muerte de papá, para que el tiempo comenzara y terminaran los plazos para avergonzarse y para que Victoria me aliviara de los sueños sueños y secretos de los mayores con su manto protector? El repentino desmayo y el golpe contra la mesa, los ruidos en la puerta, las corridas de los médicos, el revuelo entre los vecinos y la ambulancia que lo llevó al hospital todavía esperaban en
alguna región entre la nada y el porvenir. Papá entró muerto a la sala de terapia intensiva. Mamá y Victoria discutían y me miraban. Habían decidido que no lo viera, que yo no podía entrar, que había que llevarme a casa. Y entonces intervino mi tío Eugenio. Fue quizá el único que entendió que una niña de mi edad necesitaba algo más contundente que las palabras “padre” y la palabra “muerto”, o quizá no era una cuestión de edad y él tampoco, ni nadie, nunca, podía extraer nada si juntaba
esos sonidos. Tomó mi mano con firmeza, apartó a mamá con una mirada de advertencia y me llevó hasta la sala, dejándome a pocos metros de una camilla a la que él siguió aproximándose,
se detuvo, en realidad fue como si algo lo detuviera, y su mano se estiró para acariciar un mechón de pelo y luego otra mano que asomaba bajo una sábana blanca.
Victoria se reía, y si no recuerdo mal se le llenaban los ojos de lágrimas mientras se doblaba hacia delante en una reverencia que era la indicación de que podíamos aplaudir, luego encendía las luces, iba hacia la heladera y volvía con un vaso en cuyo fondo un puñado de moscas se pretaba, inmóvil, como un solo cuerpo. Están muertas, le digo. Parecen muertas, me dice, pero sólo están muertas de frío.
Esa noche me quedé despierta hasta muy tarde, mirando a través de la ventana el manchón que formaban a poca distancia los sauces gigantes, fabulosas moles oscuras cuyas ramas eran
golpeadas por el viento y se recostaban y parecían fluir, como un gran río de sombras que corría hacia el futuro.

 
Demian Orosz   Demian Orosz es periodista. Trabaja en La Voz del Interior y es coeditor de la revista Ciudad X. Ha publicado ensayos y textos para catálogos de arte. Su ensayo "Tirar de la lengua: comunidad lingüística y comunidad genocida en el Tercer Reich" fue incluido en el libro Por qué el mal (Editorial Teseo).
Revista Diccionario N' 6

  Imagen: Tapa de Diccionario Revista de Letras
Periódo: Publicación Trimestral | Año: 2 - N'º 6
Origen: Córdoba, Argentina. Otoño 2009
Registro: Propiedad Intelectual N'º 607116
ISSN: 1851 - 2534

  Revista Diccionario N' 6
 
 
En este número 6, participan: Emanuel Rodríguez - Crtistina Bajo - Tanguy Wettengel - Kike Bogni - Gabriela Sol Morales - Mariano Barbieri - Neli Torres - Nicolás Bertona - Martín Cristal - Marcelo Nusenovich - Iván Wielikosielek - Keskesé? - Marcia Schvartz - Florencia Magaril - Tony Valdez - Luis González Palma - Graciela De Oliveira - Pablo Carrizo - Laura del Barco - Julio César Audisio - Roger Alan Koza - Pablo González Padilla - Demian Orosz - Celeste Martínez - Alejandro Schmidt - Alejandra Alesso - Cecilia Jausoro - Gabriel Orge - Iván Ferreyra - Carla Schilling - Cecilia Casenave - Juan Canavesi
 
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