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Respondieron a la invitación de Diccionario cuatro:

P de Parapolicías
Por Juan Manuel Stahli

Me llamo Javier. Tengo 9 años. Mi mamá se llama Silvia y mi papá Osvaldo. Silvina, Santiago, Leonel, Nahuel, Natalia, Brenda, Sandro, Celeste y Damián se llaman mis 9 hermanitos. Silvina es más grande que ió y los otros son todos más chiquitos.
No voy a la escuela porque hace falta que cuando mi papá se va a trabajar me quede con mamá, aiudándole con los animalitos y la huerta.
Papá trabaja construiendo casas en la ciudad y viene una vez al mes y nos trae regalos y caramelos.
Mamá dice que lo extraña y se quedan siempre hasta muy tarde hablando, con el brasero encendido tomando mates.
Papá cada vez vuelve menos y nosotros lo extrañamos más.
Antes cuando vivía con nosotros era más lindo porque jugábamos el fulbo todos los días o íbamos a cazar algún chancho del monte, alguna vizcacha.
Ahora todo es más triste, más frío, más chiquito.
Antes vivíamos en un rancho grande. Con una pieza de los papis, otra de las nenas y la de los nenes. Teníamos más animales: cabaios, chanchos, gainas, cabras, vacas, conejos. Ahora no. Ahora sólo hay unas gainas flacas que comen la yerba que mamá deja caer del mate cuando está lavado.
Nos mudamos al sitio den frente, del otro lado del camino, con un alero de madera, barro y jariia; y unas lonas que hacen de paredes.
Las cosas de la cocina cuelgan de los árboles y la ropa acurrucada en los rincones entre algunas cajas.
Las sierras del fondo iá no parecen tan lindas como antes.
El molino se detuvo. Al agua hay que traerla en tachos desde la escuela.
(la maestra nos mira con desprecio).
La sombra de la higuera y sus brevas son ya tan amargas como la sonrisa de mi madre. Siempre tan hermosa ella. Tan arregladita, con su pollerita blanca y su rodete. Ahora no. Ahora la mami parece más vieja, anda caída y preocupada.
Tomo empezó de repente. En una mañana lunes hace dos años. Yo estaba en la escuela y me vinieron a buscar para que vaya a las casas, porque nos estaban desalojando.
Nunca había escuchado esa palabra antes: Desalojo. Había escuchado la palabra Cárcel, la palabra Olvido, la palabra Odio, lluvia, viento, temblores. La palabra jugar. Pero nunca la palabra Desalojo. Yo no sabía lo que nos esperaba.
Ahora sé.
Esos señores armados defendían a no se qué empresario de la capital. Un tipo que tenía estaciones de servicios, carnicerías, veterinarias y otros negocios.
Les aseguro que este tipo me dio mucho miedo. Y a mi mamá también, aunque ella no lo demostró y nos defendió.
Les juro que esa escopeta con dos caños apuntando al pecho de mamá, a la cabeza de mi hermanita es el miedo mismo. El miedo de no poder correr, ni poder hablar. El miedo de la tristeza, del llanto de 8 hermanos al mismo tiempo.
Papá no hizo mucho. Papá había perdido antes. Sus brazos por el piso, su cara por el piso, su dignidad de macho familiar y trabajador volando por el vino. Papá no sabe que hacer. Y no hace nada.
Yo tengo 9 años. Un papá que veo poco, una mamá que trabaja mucho y cuida de sus hijos con el amor nacido en la tragedia: sin vergüenzas y con valentía. Mis hermanos más chiquitos siguen yendo a la escuela y la maestra los sigue mirando con desprecio.
La policía pasa con sus 4x4 a fondo y nos tapa de tierra cuantas veces hacemos el camino al pueblo. Caminando o con la mulita lenta y vieja que nos prestó el abuelo.
Las parapolicías son esos hombres armados, con cara de león borracho y de hambre, que nos aprietan en el pueblo cada vez que entramos a comprar en lo del turco Tránsito.
Nos miran con esa cara de muerte. Esa cara de sed.
Esa cara de mierda que nunca me voy a olvidar cuando con su escopeta de dos caños apuntaba a mamá, a su corazón, a la cabecita de Celeste. Al sueño de una familia rota.

jstahli@argentina.com
Imágenes: Desalojo en comunidad Charquina, Santiago del Estero 2007. Por Mirada Horizontal grupo de cine. miradahorizontal@gmail.com

P de Pobrecía en 2 x 3
Por Gabriela Carrión

i
tu voz crece
fino espanto

cursiva para vivir
la uso casi

ii
tu increíble
tu único

anudas

i
toqué fondo y me convertí
en pez que limpia lo que decanta


la rueda gira
el agua es transito
y el pez, pájaro

ii
un desierto abre cielo

Esta pobrecía promete
arena y agua

i
clavé el ojo
en el centro del miedo
para verlo cuando se va

ii
el ojo estrella se arde
cavidad, fuego
y polvo

humedad es

gabrielacarrion@hotmail.com

P de Puente colgante
Por Marcos Oviedo

Un payaso y un suicida
sentados en sendos bordes de un pintoresco puente colgante.
Se dan la espalda y así equilibran los pesos,
para que la pasarela de madera no se incline hacia ningún lado.
Sin saberlo,
sus pies dibujan idénticos ochos en el vacío vacío que los separa del agua.
El vértigo ya no les asusta,
ambos disfrutan los cosquilleos
de la naturaleza de sus cuerpos que se sienten en peligro,
un peligro confortante
para la humanidad de sus cuerpos.

El payaso no viste su uniforme de trabajo, por el contrario,
sus ropas de entrecasa son grises y marrones, rotas y sucias.
El suicida está desnudo.
Sobre sus piernas languidece un tramo de una soga larga,
gruesa,
áspera.
La acaricia y acicala sedadamente con sus manos,
como si de un ser vivo se tratara.
En una punta está atada a un madero del puente,
en la otra,
un deforme nudo de horca, mal hecho.

La tarde se está aburriendo.
El sol no lo dice tanto como el viento fresco que comienza a peinar el paisaje.

Los dos tienen su mirada perdida y un poco triste.
- Vamos, la vida no puede ser tan mala. -
dice el suicida, rompiendo el silencio de algunos minutos.
La seguridad en su voz irritada parece tratar de convencer de algo en lo que no cree.
- Veo que no entendiste nada de lo que te dije.-
murmura sonriendo tristemente el payaso
mientras cambia la figura que trazan sus pies colgantes.
Ahora hace redondeles.

El río había crecido,
y aun así pasaba a no menos de diez metros por debajo del puente.
Era raro no ver el paisaje cotidiano del río;
las riberas con sus mismas,
o imperceptiblemente diferentes,
curvas de todos los días.
La creciente había cambiado el paisaje,
y a aquellas personas que se sienten a gusto en el orden,
les generaba violencia.
El agua ahora besaba los senderos que acompañan el cauce del río,
zigzagueantes entre árboles y arbustos.
El agua estaba turbia.

- Que la vida es una mierda... -
el suicida habla mirando al cielo
- ...no hay dudas,
pero hasta la mierda
se mezcla con la tierra -
baja la vista a sus pies meneándose a sotavento
- y sigue su curso en el ciclo sin fin.

Que nos mueve a todos”
tararea mentalmente el payaso al tiempo en que se siente un pelotudo.
Porque cuando lo contratan en fiestas infantiles
casi siempre le hacen cantar canciones del puto Rey León.

Un poco de basura se acumula en los pliegues más cerrados del cauce.
Hasta que un tronco grueso
con bolsas de nylon enquistadas
se escapa flotando lentamente,
y el payaso lo sigue con la mirada...
una caja de vino vacía lo sigue por detrás,
esquivando piedras a la fuerza,
lo pasa por derecha
y llegando a la meta imaginaria,
gana.

El sol inclinado ya naranja molesta la visita del suicida
y hace que entrecierre los ojos
y vea un poco borrosos los verdes, oros y azules.
En ése instante,
por unos segundos
el viento ostenta un olor ácido
y le recuerda su último intento de suicidio.
Quiere llorar,
pero sólo se le humedecen los ojos,
y el mismo puto viento enfría sus embriones de lágrimas
y pronto las seca.

- Bueno... -
dice con nostalgia el payaso
- ya estoy cansado,
me voy a la mierda.
Perdón por dejarte solo -
y como nunca antes,
manso,
deja que su cuerpo acompañe el peso de sus piernas
cansadas de bailar y caminar.

El puente se balancea,
y el payaso cae.

Cae, y diez metros de redención,
y no siente la brisa, porque todo el viento es de él,
y siente que es hermoso el vértigo,
por un momento parecido a lo que entiende por libertad,
y toda su estancada sangre que infla su cabeza,
y lo asusta y no lo deja pensar,
y diez metros que se hacen kilómetros,
un orgasmo de kilómetros,
y hermoso el viento que recorre sus pies desnudos,
se cuela entre sus dedos,
y sus brazos que se abren como alas,
y bendita la felicidad,
de golpear contra la superficie ruidosa del río,
una superficie azul,
negra y marrón,
como los ojos de un viejo ciego profeta,
y hermosa el agua fría,
que abraza el alma y limpia la mente,
y sus ropas mojadas,
levitantes y pegajosas,
y los azules
y miles de burbujas,
y la velocidad que se hace nula
y la tierna emoción del ascenso,
y de nuevo el fresco de la brisa enana,
en la cara mojada que se asoma,
y el respiro de alivio,
y la alegría que rebota torpemente por las venas.
Y la calma.

Y el payaso desde el agua que grita:
- ¡Tenés que probarlo algún día,
es una mezcla entre suicidarse, tomar drogas y dar un primer beso! -
y feliz, mitad nadando hacia la orilla,
mitad dejándose llevar por la corriente,
se aleja del puente
para tomar el camino a su casa.

Y unos minutos de alterada calma.

Y la decisión

de por fin tomar la vida en sus manos,
y soltarla.
Y el perfil recortado por el sol de un suicida que salta desde un puente colgante,
y una soga que se desdobla trazando su recorrido,
y el estallido de un cuerpo contra un río turbio,
y llueve para arriba,
gotas que explotan, brillan y vuelan,
y entre ellas una soga que cuelga pendulante,
con un nudo mal hecho en una punta,
y un viento ácido,
feliz.

www.patadeperro.blogspot.com


P de Palanganas
Por José Abecasis

De este lado de la frontera
el grito no saldrá
Nunca creés que es urgente
Pero la gotera suma agua
a cada minuto
Tu respuesta sumisa y pacata
se reduce a poner palanganas
El súper yo te patea
para que la inundación no se note
Cuando vaciaste diez palanganas
odiaste la agonía
una agonía sin tiempo
Pero nuevos viejos fantasmas
te raptan el grito-membrana
Doblás por el pasillo
y tomás tu cotidiano sendero 
Dicen que va a llover toda la semana
Tendrás que estar preparado
Jamás avisar 

P de pasajes
Por Verónica Cento

Pasajes de infancia

1
El hogar donde nací,
donde repetí el nombre de mis padres,
parece derribarse en un temblor esquelético y cruel;
mientras la niña
dentro del cuarto color uva,
aún palpa sobre las paredes
sus sueños de mujer más incomprensibles

2
Hace tan poco
tenía un hogar lleno de voces,
y el cuarto donde mi madre
me acunó desde niña
lo soñé destruido, comido por las ratas.

Los hombres de la casa
huyeron insensiblemente
a otros techos, a otras madres,
hacia vírgenes no tan puras,
pero de senos grandes
y anchas caderas para parir.

En cambio
esta niña que grita desde adentro,
deambula aún por los cuartos inexistentes,
donde sólo existen moscas devorándolo todo.

3
No debo revolver aguas ni sombras
la infancia la llevo a cuestas
aunque no la nombre.

ella a diario
me abraza a solas
y me envuelve en palabras
para que no olvide aquél refugio.

de niña
el amor era otra cosa
una remota fantasía
olvidada en todo el cuerpo

cómo olvidar la casa, el patio y el jardín
si ellos aún me resuenan dentro

me conmueven


P de Parker
Por Martín Alvarez

Y ahora la espalda del tipo se contrae nuevamente hacia atrás para caer de manera explosiva sobre otro solo alucinado, perfecto. El de la batería hace lo que puede para seguir la tormenta metálica que relampaguea a metros de su manos, a distancia prudente del temblor desconcertado de sus nudillos. Más rápido, parece que siempre va a poder aumentar la velocidad del solo que ahora reverbera acá, pero que nace en otra parte, en vaya a saber qué disputa interior que el tipo resuelve, trata de resolver, con música. Una estela de notas va dejando un rastro dorado sobre el escenario cortado por la mala luz y el humo de todos nosotros que fumamos, que tratamos de entender cómo hace, de dónde vino este tipo. Una nota corta, otra, otra más, volver al principio, girar en círculos, improvisar espirales, una seña con el del piano y entonces otra más, irse de acá, a cualquier parte, una, otra nota más.
Entender qué hace. Tratar de entender qué sentido del arte lo desparrama sobre su visión, sobre su solo, sobre el grafitti visceral de su labio inferior haciendo el amor con la boquilla. Un amor que todavía no entendemos, un idioma nuevo, ¿algún día podremos?
¿De dónde, de dónde vino este tipo?

Un silencio y Jerry se apura a prender otro cigarrillo mientras veo cómo el cenicero termina de desbordarse. Las cenizas se agitan, caen torpemente junto al muestrario de vasos opacos, todavía queda algo de whisky que forma un oasis tristemente amarillo entre el hielo derrotado. Gracias a Dios, un trago, una bocanada urgente, un poco de aire.
Y parece que fue ayer cuando Jerry apareció golpeando nerviosamente la puerta de la habitación a dónde me encierro desde hace algunos años a escribir los artículos erráticos que me permiten cierta resistencia económica. Eran casi las cuatro de la mañana y yo todavía buscaba la forma de sacar algo al menos decente sobre aquel asunto de Sinatra coqueteando de cerca con Roosevelt y los demócratas. Fue entonces cuando la percusión precipitada de los puños de Jerry sobre la puerta me sacudió violentamente de la silla y de la pesadez carcelaria propia de aquel húmedo cuarto. Ya me había acostumbrado a sus deslices periódicos, y aquella visita inesperada no debería haber sido motivo suficiente para sorprenderse. Pero aquella noche pude notar como algunas facciones inéditas corrían las arrugas de su rostro, provocando una inquietud similiar a la que se experimenta cuando en el cine la película, mal proyectada, huye desorbitada de la gran pantalla blanca. Era evidente que su corazón latía con ansiedad, con un desconcierto que incluso en él, con su excentricidad y esa actitud que lo mantiene al borde permanente de la locura, incluso en alguien como él, toda aquella tensión resultaba intrigante.
Esa noche Jerry habló casi con desesperación. Balbuceaba frases inconexas y verdaderamente tuve que esforzarme para entenderlo.
Trataba, inútilmente, de hacer una descripción imposible sobre el saxo alto que, desde ese momento, cuando lo escuchó, cuando lo vio, se interpuso para siempre entre Nueva York y su existencia.

Los dos tipos de la izquierda tratan inútilmente de dar inicio a una conversación sobre vaya a saber qué cosa cuando la silueta sobre el escenario vuelve a eclosionar.
La figura desplegando otra vez la ciencia oximorónica que se cuela a ritmo instantáneo por cada intersticio de su cuerpo, y el saxo alto como expresión posible de ese gruñido violentamente conmovedor, de este arte delicadamente caótico. El jazz violando a la muerte en un callejón sin salida de la ex Nueva York. Ahora una nueva ciudad se desprende de cada rincón de sus dedos y el flamante paisaje es la absorción que ahora nos sumerge a todos mientras tratamos de explicar sus ideas, intentamos respirar desesperadamente cada señal que su sangre nos hace. La paranoia intermitente por adivinar sus movimientos. Y al final todos desciframos, creemos descifrar claves incompatibles, y él no tiene más que largar otro solo y parece que se ríe dulcemente de nuestra impaciencia evidente.
La música del tipo, eso es, un grito, un fraseo nota nota nota, otra nota más.
Otra pausa. Aleja el saxo de sus labios y esa separación lo hace quedar como se vería Cocteau sin sus papeles, Dalí sin sus pinturas, Hollywood sin el celuloide, Nueva York sin el jazz y sin el sonido del saxo del tipo que se arrastra como una sofisticada caricia por toda la ciudad.
Un choque de planetas que se suspende entre tema y tema.

En medio del silencio puedo ver cómo, de repente, algo se mueve ligeramente en la abstracción de Jerry, algo que camina tambaleándose entre su pelo y desciende hasta los ojos de un Jerry pasado de copas, pasado del tabaco amargo que fuma, pasado de la habitación fría y oscura a dónde se hunde día y noche en su ternura suicida por sacar alguna palabra de aquel tenor áspero, chirriante, desplomado.
El cuello de Jerry se inclina levemente y se prepara para utilizar, por primera vez en lo que va de la noche, el sonido rugoso que tiene por voz.
- Sabés, Charlie viene del futuro.
La frente sudada y sí, todo el futuro del jazz descendiendo por la espalda del tipo del saxo alto.
Y nosotros. Nosotros no entendemos nada.
Jerry me pide fuego y vuelve al encantamiento, al trance proyectado sobre el escenario y las irresistibles volutas de humo.



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