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No existe día en nuestras vidas que no consagremos a alguna búsqueda. A menudo se trata de objetivos concretos (cuidar de nuestros hijos, obtener un ascenso, comprarnos algo que deseamos desde hace tiempo o, como en tantísimos casos, luchar para sobrevivir), pero incluso en casos semejantes, esa búsqueda enmascara otras búsquedas, más esenciales. Hacemos lo que hacemos porque deseamos obtener afecto, poder, atención, riquezas, reconocimiento, hasta revancha o, en los casos más extremos, venganza. Se supone que objetivos como los mencionados encarnan alguno, o tal vez muchos, de las rasgos que atribuimos a la felicidad. Pero en los últimos días se me tornó evidente una ausencia en esta lista, un vacío que precisamente por ser nuevo –un signo de los tiempos, podría argumentarse-, me dejó pensando sobre la clase de vidas que consentimos vivir. Hoy es infrecuente la búsqueda de un estado que, al menos durante siglos, se consideró vinculado a la felicidad de manera íntima: el estado de gracia.
¿Qué es esta ‘gracia’, tan pasada de moda? Ayuda sobrenatural concedida por Dios al hombre para el ejercicio del bien y el logro de la bienaventuranza, dice mi María Moliner. Es verdad que durante mucho tiempo se asoció la gracia a la fe cristiana,
definiéndola como este don del cielo que doña Moliner consigna de manera casi acrítica. En todo caso, se trata de un concepto que la Iglesia arrebató (como arrebató tantas cosas, dicho sea de paso), a saberes o de nociones que la antedataban. Para los griegos, por ejemplo, las Gracias eran tres, todas hijas de Venus, que nos
concedían las mejores cosas de la vida, entre ellas la capacidad de apreciar la belleza. Pero desde que la Iglesia se convirtió en la
primera institución internacional –un claro antecedente de la ONU, o mejor: de la FIFA-, el copyright de la gracia quedó en manos de Dios.
Aunque secuestrada, la gracia conservó sus características esenciales. La ortodoxia cristiana hace coincidir ese estado con el hecho de estar limpios de pecados, pero se me ocurre que se trata de una definición empobrecedora: yo conozco gente que no incurre en los Capitales y por lo general se preserva de los veniales (si en efecto son veniales, ¿para qué molestarse?), y aun así no vive en estado de gracia; son buena gente, no lo dudo, pero a la que no definiría como encendida por una inspiración divina. El estado de gracia es algo más, como parece admitir la Iglesia a regañadientes cuando acepta como verdaderas las experiencias místicas de, por ejemplo, San Agustín.
El bueno de Agustín había llevado una vida concupiscente, que provocó numerosos dolores de cabeza a su madre viuda, la futura Santa Mónica. (Que además lo mantenía, dicho sea de paso). Según cuentan las Confesiones, Agustín terminó de convertirse a la fe de su madre después de compartir con ella una visión celestial, en los jardines de su villa de Ostia, Milán. (Lo de Ostia no es broma). Esa comunión con lo Alto –ese estado de gracia, podríamos decir- hizo que Mónica perdiese toda afinidad por esta vida terrenal, languideciendo para morir a las dos semanas. Que Agustín vinculase esa experiencia mística con la muerte de su madre no es casual: nunca hay que subestimar las visiones de los que perdimos a nuestras madres en plena juventud, ni la culpa de los que nos preguntamos si no habremos precipitado ese deceso. Lo cierto es que a partir de allí Agustín trató de reproducir aquella experiencia original, con éxito en algunos casos, y en la certeza de que se trata de un estado al que cualquiera puede acceder ‘gradualmente’. En buena medida, las Confesiones son un manual de autoayuda para el
aspirante a místico. Un editor vivillo no haría mal en reeditarlas con el subtítulo El estado de gracia for Dummies.
¿A qué me refiero cuando hablo de ‘estado de gracia’? Voy a robarle una definición a Gershom Scholem, de su libro La cábala y su simbolismo, tal como la encontré citada en un artículo de Carlos Gamerro. Hablando del conocimiento místico, Scholem dice que se trata de lo que se obtiene cuando se nos ha concedido “una expresión inmediata, y sentida como real, de la divinidad, de la
realidad última… Tal experiencia le puede haber venido por medio de un repentino resplandor, una iluminación, o bien como resultado de largas y acaso complicadas preparaciones”. El místico se relaciona con la experiencia de una manera que no es la de la ciencia, ni la de la racionalidad más elemental. Se trata de alguien que apela a la percepción intuitiva, que persigue un conocimiento absoluto y que a menudo obtiene esta visión del universo múltiple como si fuese una unidad, lo cual redunda, Borges dixit, en “una sensación de felicidad intensa”. Es probable que ninguno de nosotros sea un místico hecho y derecho, pero somos muchos los que hemos tenido esas experiencias fugaces de lucidez, de comunidad con el todo, de infinita alegría. A veces las llamamos ‘epifanías’, en tanto se trata de manifestaciones claras y súbitas de algo que hasta entonces permanecía oculto. Cuando las vivimos, estamos en estado de gracia. Bendecidos o no por Dios, tocados o no por la magia de las tres hijas de Venus, pero levitando al fin, aunque más no sea durante un instante tan breve como inolvidable.
Pienso en la gracia porque pretendo que no falte del repertorio de búsquedas que emprendo a diario, pero además –estoy convencido– porque está ligada de manera íntima a la profesión que elegí. Como narrador, busco llegar a ese estado cuando escribo; por supuesto, hay pasajes que lo permiten y otros que no, así como historias que lo hacen más factible que otras. (Charles Dickens debe haber escrito muchos párrafos en este estado, cosa que no debe haberle ocurrido al pobre de Franz Kafka). Por fortuna me ha ocurrido más de una vez, durante la escritura de mis dos últimas novelas. Debo haber alimentado semejante pretensión en virtud de mi ingenuidad como lector: habiendo accedido a ese estado no una ni dos, sino múltiples veces mientras leía los textos de mis autores favoritos, seguramente creí que uno podía experimentarlos también durante la tarea de la escritura. Leyendo la descripción que William Blake hace de semejante estado en su poema Auguries of Innocence (“Ver el Mundo en un Grano de Arena / Y al Cielo en una Flor Salvaje, / Sostener al Infinito en la palma de tu mano / Y la Eternidad en una hora”), uno intuye que hablaba de algo que conocía bien.
Los místicos encuentran difícil la transmisión de su experiencia, a no ser que tengan alma de poetas, como San Agustín y como Blake. Cuando crean en ese estado hacen posible que uno también lo visite, o cuanto menos lo intuya, al someterse al influjo de sus obras. De algún modo en Manhattan, cuando su personaje Isaac Davis compila un listado personal de cosas por las que vale la pena vivir, Woody Allen está compartiendo con nosotros las vías por las que accede a ese estado de felicidad intensa: en su caso se trata de los films de Los Hermanos Marx, de una pieza de Mozart, de Louis Armstrong interpretando Potatohead Blues. En esto, conjeturo, todos nosotros nos parecemos: llegar al estado de gracia leyendo ciertos textos, o ante ciertas músicas o ciertos films, nos resulta la cosa más natural del mundo. (Allen mismo lo logra
conmigo, al mostrarme esas vistas de New York sobre música de Gershwin: la Manhattan de Woody es, de manera apropiada, un estado de la mente parangonable al de la gracia.)
Todos podríamos compilar listas equivalentes. En la mía no faltarían Shakespeare, A Day in the Life, la secuencia de El Padrino en que Don Corleone juega con su nieto (¿quién no sueña con una muerte así?), la versión que Jeff Buckley hace del Aleluya de Leonard Cohen y algunos pasajes insoslayables de las novelas de Dickens, de Herman Melville y de Michael Ondaatje. A todos aquellos que hemos sido bendecidos por el contacto cotidiano con el arte en sus más variadas expresiones (Greil Marcus, sin ir más lejos, siente que los Sex Pistols lo llevan al Cielo), no nos cuesta mucho entender la noción: se trata de esos instantes sublimes que nos transportan a otro plano de la realidad, donde todo en la vida adquiere su sentido y nos sentimos en sincronía con el Universo.
Pero el disfrute de las expresiones artísticas no suplirá nunca lo que podríamos llamar El Factor Tracy. En todo caso puede educarnos, sensibilizarnos ante sus requerimientos y ante los signos que disemina por el mundo. (La gradualidad del proceso descripta en las Confesiones podría ser marcada con mojones provenientes del arte). Lo que no logrará jamás es convertirse en la totalidad de las cosas por las que vale la pena vivir. Hasta Woody Allen, que a menudo posa como misántropo e insinúa llevarse mejor con el arte que con la gente, admite que es necesario algo más. La lista del aspirante a escritor Isaac Davis llega a su culminación cuando encuentra el elemento alquímico imprescindible: la sonrisa de Tracy, o sea la jovencita que en el film encarna Mariel Hemingway.
El hallazgo del Factor Tracy marca toda la diferencia. A partir de ese instante, Davis comprende que aspirar a una vida plena ya no es un disparate, sino algo posible; y aunque el film ya no lo dice, queda implícito que se ha ganado también la posibilidad de convertirse en un buen escritor. (Después de todo Manhattan opera como ‘su’ relato, por cierto maravilloso). Quiero decir: Davis / Allen acceden a un estado de gracia, fugaz como todos, que les sugiere que en ausencia del Factor Tracy no serían más que hombres grises. Esta grisura no impediría que se convirtiesen en autores, ni les vedaría el éxito, ni tornaría imposible que concibiesen un estilo impecable. Pero el Factor Tracy les permitiría aspirar a algo más, a ser artistas de verdad, a resonar en su público de un modo distinto. Hace algunos meses, Isabel de Sebastián me contó que una teoría sostiene que además de impactarnos en un nivel estético y emocional, la música tendría influencia sobre nuestra composición atómica, al punto de llegar a modificarla. Quizás no existan aún instrumentos capaces de probar esta hipótesis, pero yo encuentro que al menos tiene la verdad propia de la poesía. Aquellos a quienes llamo ‘autores’ –músicos, escritores, cineastas, pintores–, producen obras cuyas frecuencias puedo oír, pero que no me modifican. En cambio aquellos a quienes llamo ‘artistas’ –músicos, escritores, cineastas, pintores– producen obras cuyas frecuencias también registro, pero que además me modifican en el nivel más esencial de mi persona –esto es, alterándolo a nivel molecular.
(¿Deberíamos relacionar la escasez actual de artistas verdaderos con la poca disposición de la época a perseguir la gracia? Quien quiera oír, que oiga).
Llegar al estado de gracia supone una predisposición. Una vez
dispuestos, los estímulos que hacen sonar nuestro diapasón son distintos en cada individuo. Para muchos, imagino, bastará con ciertos elementos de la naturaleza, la clase de fenómenos que han inspirado tantos haikus. (O quizás ocurra con la misma lectura de esos haikus). A menudo lo que nos pone en sintonía es infinitamente prosaico. Pensando ayer en este asunto, comprendí que estaba a pocas horas de viajar a Alta Gracia, Córdoba, por primera vez en décadas. Al subir al auto, mi mujer cambió el CD por uno de U2 que no escuchaba desde hacía mucho. La primera canción me dijo: Lo que no tienes es porque todavía no lo necesitas, lo que no sabes puedes sentirlo de alguna manera. Se me ocurrió que era una frase digna de un místico en estado de gracia. Para mayor sorpresa, recordé que la última canción de ese CD se llama Grace. Se supone que Grace es una chica, pero sería ingenuo pensar que Bono no sabía lo que hacía cuando escribió Grace makes beauty out of ugly things, o sea Grace (verbigracia, la Gracia) crea belleza a partir de las cosas feas. Eso es lo que la(s) Gracia(s) hacen por definición: nos posibilitan experimentar algo único, a partir de elementos que hasta ese instante parecían comunes; nos inspiran ese ‘clic’ que nos distancia de lo mundano al tiempo que nos conecta con el mainline de la existencia.
De alguna manera los que aspiramos a ser artistas nos sumamos al complot, en tanto intentamos ser vehículos de la(s) Gracia(s). Eso es lo que a mí me gustaría lograr, cuanto menos: crear belleza, aunque más no sea a partir de las cosas feas de este mundo.
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka y La Batalla del Calentamiento. Escribió, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada. También escribió el guión de Kamchatka, Peligrosa obsesión, y RosarioTijeras. http://blogs.elboomeran.com/figueras. |